Ya hace bastante tiempo que me volví de México, y como no me ha pasado nada realmente interesante, no había decidido escribir en el blog. Pero lo que he hecho hace poco, para mí ha sido una muy grata experiencia, que creo que tiene que quedar plasmada en este blog.
En 2006, me hice con un par de amigos el Camino de Santiago, desde León hasta Santiago de Compostela. Fueron 300 km aproximadamente y 13 días de sufrimiento, diversión y buena amistad. Siempre digo que a ese camino me fui con dos amigos, y volví con dos hermanos y una nueva amistad que hoy día sigue perdurando y que espero que jamás quede en el olvido.
Por aquel entonces, ya me surgió una idea a añadir a mi lista de pendientes: salir desde mi casa habitual y llegar a mi casa de veraneo, cerca del monasterio de Santo Toribio. Y para ello, como hay un camino señalizado, pues no me sería tarea complicada, pero seguro que difícil. Más o menos, calculaba que serían 200 km de camino por la costa y un poco entre los picos de Europa.
Lo organicé todo un poco, y un lunes, 16 de julio, me dispuse a caminar desde mi casa. Pasé por la casa de dos amigos para recogerlos y empezar con ellos en el camino. Y en Portugalete empezamos a seguir nuestra sombra y las flechas amarillas.
No pretendo comentar cada día, pero creo que una pequeña crítica de algún albergue es necesario hacer. No todas serán malas:
- Islares: albergue nuevo pero muy descuidado. En cuanto entras te das cuenta por qué. El hospitalero es un huevón que se pasa todo el día tumbado en un sofá, y que no hace ni caso a los peregrinos. Muchas cosas están rotas debido a la dejadez de este hombre. Me llevé una pequeña decepción.
- Santoña: no es un albergue, es un centro municipal de ocio. Lo abren como albergue en invierno, pero si no llegas para coger cama, te dan una colchoneta y un tejado bajo el que dormir. Me llevé buena sorpresa por la amabilidad de los que lo llevaban.
- Santander: se habla bastante mal de él. Evitamos ir a él quedándonos en el de Güemes.
- San Vicente de la Barquera: la gran decepción del camino. Desde el principio se ve que no es un albergue cualquiera, y sospechas. Y una vez dentro, te das cuenta de lo que hay: sólo pretenden hacer negocio. Estás obligado a tomar su desayuno (está incluido en el precio), en el comedor sólo puedes comer comida que ellos sirven. Hay muchas normas que son directamente para que ellos se eviten todo el trabajo posible. Incluso, te mandan por otro camino al oficial, más peligroso todavía (por el arcén de una nacional) que concluí que era para que pasaras por un bar que estaba estratégicamente puesto más adelante, o si no, para que evitaras pasar por Pesués. Incluso, nos llegó el rumor de los hospitaleros dicen que el albergue del siguiente pueblo está lleno para que nadie se quede en él. Demuestran que no están para ayudar al peregrino, sino para aprovecharse de él. Me arrepiento de haber pasado por aquel albergue.
- Potes: albergue para ciento y pico personas, en el que dormimos cuatro. También un poco descuidado, pero nuevo.
- Güemes: gran y precioso albergue con excelentes vistas y unos hospitaleros muy hospitalarios que te dejan maravillado. Me parece imprescindible pasar por este albergue. Después de veintipico km recibir un trato como el que te dan, es algo que te llena de espíritu para seguir con el camino. Incluso a la tarde, te dan una charla donde te explican un poco la historia del albergue, y la etapa del día siguiente, con sus correspondientes alternativas.
En general, el camino del norte me parece que todavía está poco preparado, ya que se hacen muchos km por carretera, incluso nacional, y se dan muchos rodeos. Pero si sabes elegir el buen camino (generalmente el más largo) podrás apreciar qué bonita puede llegar a ser la costa del cantábrico.
La compañía que tuve fue inmejorable. Salí con Agus, un amigo que ya me acompañó en 2006 en el camino francés, y Jon, un buen amigo que conservo del colegio. Lástima que al tercer día, Jon se tuviera que ir a casa por molestias en la rodilla.
Pero a mitad de la ruta, conocimos a la gran Epa (diminutivo de Josepa), una catalana muy, pero que muy, buena gente, y que nos hizo reír mucho en las monótonas y largas etapas. Cada mañana tenía el suficiente ánimo para cantarnos una bonita canción que al principio nos hacía gracia, pero los últimos días...
Conocimos a más gente, de todo tipo. Un señor mayor que se hacía llamar Aitona (abuelo en euskera), que lo que tenía de mayor lo tenía de valiente. ¡Cómo andaba! y con las ampollas más grandes que he visto en mi vida!
También conocimos a unos belgas, un poco pasados de vueltas, que llevaban dos meses andando (y lo que les quedaba) y en sus ratos libres se dedicaban a aprender canciones con la flauta o con la armónica.
Un día se nos cruzó un polaco que estaba yendo a dedo hasta Santiago desde su país natal, y quería llegar para el día de Santiago. Luego quería volver hasta casa a dedo.
Todos y cada uno con su motivo para hacer el camino. Aquí aprendes que no sólo de "peregrinos turistas" está lleno el camino.
Del camino del norte, tengo que decir que me llevé un poco de decepción porque mucho iba por asfalto, y no se llega a apreciar la soledad y los momentos de reflexión que se pueden llegar a tener. Pero hay momentos en los que a uno se le ponen los pelos de punta con los paisajes que se encuentra!
Y llegó el momento de las despedidas de los compañeros del camino, salirnos hacia el sur y seguir las flechas rojas, hacia Potes. El camino Lebaniego o de Santo Toribio. Ahí nos esperaba la soledad del camino, eso sí, la primera etapa con todo asfalto. Pero una vez entrados en el monte, da igual lo que pisan tus pies, que las vistas que tienes delante son inmejorables!!! Eso te hace andar con cierto aire de ligereza.
La segunda y última etapa, maravillosa. Fue casi todo bajada (unos 300 metros de subida y unos 1000 de bajada) y alguno que otro sufrió más de lo esperado. Pero ése era el camino que yo quería, por senderos, entre árboles y miles de moscas, mosquitos y tábanos haciéndonos de guardaespaldas hasta límites insospechados.
La canción para este camino, está muy difícil de elegir, pero ésta es la que más me recorría la mente:
Skalariak - Luna de Barcelona
La estrofa está clara:
Caminante no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda
que nunca se ha de volver a pisar.
¡¡¡Buen camino!!!



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